Cuéntame un cuento.es Cuéntame un cuento.es ¡las increibles aventuras del Hombre Pelo!

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Pelo apareció de nuevo en la Tierra, cuando se cayó por un cráter de la Luna. Allí se encontró a su amigo Gatoni que había viajado en barco hasta Australia. Pelo quiso saber cómo había llegado hasta allí, desde el otro lado del mundo.

 

Pelo estaba encantado oyendo lo que le contaba Gatoni, pero, en ese momento, un animal rarísimo empezó a acercarse. Llevaba una bolsa enorme delante, en su barriga. Caminaba a saltos. Se parecía a un ratón gigante "¿No será ese tu amigo Raui, el ratón?". Gatoni se echó a reír revolcándose por los suelos. "No. Eso no es un ratón, es un canguro. También es amigo. Se llama Kahn Gurú. ¿Te gustaría dar una vuelta en la bolsa de su barriga?". "¡Por supuesto!". Sin pensarlo, subieron los dos a la bolsa, y Kahn se puso a dar saltos, por un camino polvoriento. En un momento estaban en un lugar, en el que no había nadie o, al menos, eso parecía. Gatoni le dijo a Pelo: "Te presento al Desierto".

 

Pelo había oído hablar de él, pero era la primera vez que estaba en un desierto de verdad. No se veía ni una nube y el sol calentaba a lo grande.

 

Al fondo se veía una montaña enorme, saliendo del suelo y sin nada alrededor. Era tan grande que parecía que estaba cerca, pero no era así. Era el Monte Uluru, el Ombligo del Mundo, la Montaña Sagrada de los aborígenes, los habitantes originales de Australia, una isla enorme que además es un continente. La montaña tenía un color rojizo impresionante.

 

De entre los matorrales aparecieron, como por arte de magia, varias personas de piel muy oscura. Kahn Gurú parecía conocerles. Les rodearon. El calor era insoportable, pero a los aborígenes no parecía afectarles.

 

Pelo pensó que sería interesante conocer el desierto con ellos, que vivían allí. Las personas de piel oscura parecieron oír su pensamiento, porque le indicaron con la mano que les siguiera. Pensó que seguir a unos desconocidos podía ser peligroso, pero Gatoni y Kahn Gurú parecían conocerlos bien y estaban muy contentos con la excursión que nos proponían.

 

Cuando ya estaba oscureciendo, algunos de ellos empezaron a buscar madera, o algo con lo que hacer fuego, en los matorrales. Los días en el desierto son muy muy calurosos, pero las noches son muy frías. Increíblemente, encontraron una especie de ramas y otras cosas, que no parecía que pudiesen arder, pero con las que, frotando muy fuerte, consiguieron hacer fuego. Se tumbaron sobre unas pieles pequeñas, del tamaño de un perro, y empezaron a dormir. Al día siguiente, tenían que levantarse temprano, para andar en las horas de menos calor de la mañana, según le explicó Gatoni.

 

Aún no había salido el sol cuando despertaron. Todos empezaron a moverse, y a recoger lo poco que llevaban. Pelo hizo lo mismo y se puso a andar con ellos. Como no habían desayunado ni cenado nada, después de un rato tenía bastante hambre y preguntó que cuándo se comía allí. Kahn Gurú hizo de traductor, ya que sabía los dos idiomas, el de Pelo y el de las personas de piel oscura. Gatoni entendía todos los idiomas, pero no todos los hablaba. Kahn le tradujo que allí sólo comían cuando encontraban comida. Pelo miró a su alrededor y sólo vio arena, que no era comestible, desde luego.

 

El sol empezaba a calentar cada vez más, así que pararon al cabo de un rato y se pusieron las pieles, por encima de sus cabezas, para hacer sombra, entre unos arbustos secos. Para su sorpresa, una de las personas empezó a cavar, junto a uno de los matorrales y sacó algo, que al parecer se podía comer. Se lo fueron pasando unos a otros. Cuando se acabó, buscaron otra vez, hasta que ya no había más. Pelo también lo comió, tenía tanta hambre que le valía cualquier cosa que pareciese comida. Pero, cuando lo probó, casi lo escupe. Aquello sabía a estropajo seco. Como a nadie le parecía lo mismo, empezó a masticarlo. Al mezclarlo con la saliva fue peor. Le recordaba a caca de vaca. No es que él la hubiese probado antes, pero sí la había olido.

 

Definitivamente, la comida de aquel lugar, era muy diferente de la que Pelo había comido, en los sitios por donde había pasado. Poco a poco fue tragándose aquella cacaestropajo. Enseguida, notó que la tripa le apretaba y se alejó un poco para hacer sus necesidades. En ese momento, vio a su lado la cabeza de una culebra, que se asomaba en la arena a mirar quién andaba por allí. Pelo se quedó muy quieto, por si acaso. Podía ser peligrosa.

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Texto: Pedro Pérez Gómez

Ilustración: Cristina Llorente López

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