Cuéntame un cuento.es Cuéntame un cuento.es ¡las increibles aventuras del Hombre Pelo!

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Pelo se había perdido, cuando se puso a andar después de la tormenta. Tenía mucha hambre y, por fin, encontró un pueblo. Pero no veía a nadie. Sólo se oía una voz lejana. Pelo se fue acercando, a ver de quién era esa voz.

 

Vio a una señora lavando ropa. Con un moño en el pelo. Junto a un árbol de fruta que le daba sombra. Y un perro que se le acercó, con cara de pocos amigos. Con el hambre que tenía, Pelo no podía correr. El perro podía morderle.

 

"¿A dónde vas Tuffy? ¿No ves que no hay nadie?", le decía la buena mujer. Pero Tuffy tenía muy buen olfato y sabía que por allí se acercaba un extraño. Pelo se quedó inmóvil.

 

Ante la insistencia del perro, la señora se acercó también. Pelo aprovechó para decirle: "Buenos días, señora. Tengo hambre". Al verle tan fino como un pelo, le respondió: "¿Tanto hace que no comes que estás tan delgado?".

 

La preguntita, pensó Pelo. Pero, claro, ella no tenía por qué saber que él era El Hombre Pelo. Así que no dijo nada.

 

La señora se fue a su casa y le trajo un bocadillo. Tuffy, el perro, le miraba aún de forma rara ¿Era un hombre o era un pelo?, pensaba. Pelo le preguntó a la señora por qué no había nadie en el pueblo. "¿Nadie? ¿Y Tuffy y yo qué somos? ¿aire?", le respondió entre enfadada y divertida. Pelo se puso a comer mientras hablaba. Tenía mucha hambre. "Quería decir aparte de usted y Tuffy". "No, si ya te había entendido", respondió la señoira, mientras se echaba a reír. "Por cierto, mi nombre es Brunilda" "A mi me llaman Pelo, el Hombre Pelo". "Muy apropiado" le contestó la mujer, que empezó a contarle la razón de que no hubiese otra gente más que ellos.

 

"Hace unos días hubo una especie de huracán, un viento muy fuerte que estuvo a punto de llevarse las casas". "Mi amigo Viento haciendo de las suyas", pensó Pelo. "Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que, entre el polvo que traía, muchos dijeron que venían monstruos horribles queriéndose comer a la gente. Algunos enormes, tan altos como casas, con pelos y uñas larguísimos. Yo sabía que se lo estaban imaginando debido al miedo que tenían, pero no hubo manera de convencerles". Salieron todos huyendo sin volver la vista atrás. Y aquí estamos, Tuffy y yo, con todo el pueblo para nosotros.

 

Pelo estaba a punto de acabar el bocadillo, tal era su hambre. La mujer, que era muy observadora, se dio cuenta y le ofreció algo más: "¿Quieres una sopa calentita?". ¡Sopa! Su plato preferido. ¡Qué buena idea!.

 

Pelo pensó que estaba de suerte. Pero Tuffy le seguía mirando con gesto raro. Aún no lo tenía claro. ¿Un pelo? ¿Un hombre? ¿Un pelo que habla? Raro, raro. No le quitaba ni el ojo, ni el olfato de encima, por si acaso.

 

Brunilda volvió con un plato, un cazo y una olla llena de sopa. Le sirvió y ella también se puso otro. A Tuffy le mojó unos trozos de pan en la sopa y se los echó a su plato, en el suelo.

 

De pronto, a lo lejos, se empezaron a oír gritos. Una multitud venía corriendo y gritando: "¡Un oso, un oso!"

 

Brunilda miró y dijo: "¡Ya están de vuelta los vecinos! Y, como siempre, con el miedo en el cuerpo". Aunque esta vez parecía que iba en serio. Un oso venía detrás de ellos.

 

Tuffy se puso a ladrar ante tanto jaleo. La gente iba llegando al pueblo y se fueron metiendo en las casas para protegerse del oso. Brunilda fue a por la escopeta que tenía dentro de la casa. Pelo no sabía si esperar a comerse la sopa o esconderse debajo de la mesa. El oso podría con todos.
"¡Quieto ahí!" gritó Brunilda al oso, mientras le apuntaba con su escopeta.

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Texto: Pedro Pérez Gómez

Ilustración: Cristina Llorente López

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