Cuéntame un cuento.es Cuéntame un cuento.es ¡las increibles aventuras del Hombre Pelo!

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Pelo estaba fascinado con la excursión al interior de la colmena con Abeja. Un poco más allá había un grupo muy atareado con la miel y con algo que traían en las patas las abejas que venían del campo. "¿De dónde sacan esas bolitas de colores que llevan en las patas?", le preguntó intrigado. "Eso es polen. Es un polvito muy fino que cogemos de las flores y que mezclamos con la miel para poder llevarlo sujeto a las patas. Después, al meterlo en las celdillas, lo amasamos con más miel y lo transformamos en Pan de Abeja, otro de nuestros alimentos", le dijo su amiga.

 

Pelo quería seguir preguntando, pero en ese momento se formó un gran jaleo. Unas avispas habían entrado en la colmena y estaban luchando ferozmente con otras abejas.

 

Las avispas son amarillas con rayas negras y son muy agresivas. Como tenían hambre, querían llevarse la miel, que las abejas habían estado recogiendo con mucha paciencia y trabajo. Y, claro, las abejas no estaban dispuestas a permitírselo. Las guardianas de la colmena son guerreras muy fuertes y pelean en la puerta para que no pase nadie, que no tenga el olor de la reina.

 

Las avispas son muy valientes y atrevidas y, aunque las guardianas también lo son, intentan entrar a robar una y otra vez. A veces, consiguen llevarse algo de miel y salen volando a toda velocidad. Otras veces, se ponen tan pesadas que se forma una gran pelea entre las avispas y las guardianas de la colmena. En la mayoría de los casos la avispa tiene todas las de perder, porque dentro hay entre diez mil y ochenta mil abejas, dispuestas a defender su tesoro.

 

Eso es exactamente lo que estaba viendo el Hombre Pelo, una pelea a muerte entre las avispas que entraban a robar y las abejas que no se lo permitían. Se colocó en una esquina, acompañado de su nueva amiga Abeja, para evitar que le diesen a él un picotazo.

 

Desde ese rincón podía ver y oír la pelea. Unos sonidos muy agudos que alertaron a todas las abejas, dispuestas a entrar en combate si hacía falta. Pero, esta vez, fueron suficientes unos cuantos empujones de las guardianas, que acabaron con las invasoras en el exterior de la colmena. Las abejas continuaron trabajando.

 

Pelo se despidió de su amiga y salió con ella afuera. Le hubiese gustado vivir una temporada allí dentro de la colmena, pero no sabía cuál sería su función en ese mundo tan bien organizado. Le prometió volver en otra ocasión para aprender más cosas. Las antenas de Abeja cayeron tristes hacia abajo. El Hombre Pelo le había caído estupendamente. No sabía si volvería a verle. Las abejas viven muy poco. Algo más de un mes. Y, para cuando volviese, ella quizá ya no estaría.

 

Enfrente de Pelo se extendía un mundo lleno de flores, a las que iban las abejas a coger el néctar, para hacer la miel. Y el polen, como le había explicado Abeja. Le gustaba ese mundo, pero ahora, tenía que reanudar la búsqueda de su amada, con la que no había podido ni hablar, pero que le hacía sentir algo, que nadie antes le había hecho sentir. Ahora sabía lo que era el Amor. Sabía que volvería a encontrarla. Mientras tanto, la tenía dentro de él, en un lugar que no sabría decir exactamente, pero que le hacía sentir una especie de calor y cosquilleo por todo el cuerpo, cada vez que se acordaba de ella.

 

Con estos pensamientos no se había dado cuenta de que el cielo se estaba poniendo muy oscuro y que amenazaba tormenta. La luz de un relámpago, y el sonido del trueno después, le hicieron volver a la realidad. ¿Dónde me puedo refugiar?, fue lo primero que pensó. Su amiga Abeja le había contado que ellas se metían dentro de las flores con pétalos grandes para no mojarse, pero él era un poco más largo y se saldría por los lados. No era la mejor idea.

 

A corta distancia vio una especie de agujero que parecía servirle. Fue andando despacio hacia él, porque, cuando hay tormenta, no se puede correr. Los rayos persiguen a los que se mueven deprisa y les pueden matar.

 

Por fin llegó a la cueva. Parecía muy profunda y oscura. Con mucho cuidado fue entrando. Quedarse a la puerta tampoco era bueno. Los rayos también pueden entrar por ahí.

 

De pronto, vio que algo se movía, sin hacer apenas ruido. Se paró en seco. ¿Qué era aquello?.

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Texto: Pedro Pérez Gómez

Ilustración: Violeta Pérez Llorente

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